De cuando conocí al Dyno a.k.a. Sonyd

De cuando conocí al Dyno a.k.a. Sonyd

Parece que fuera hace mucho, pero en realidad no es tanto tiempo, sino lo que contiene el tiempo. Al Alencillo lo conocí en el 2021, cuando él tenía 11 años. Desde entonces la vida me ha premiado con algunos de los mejores regalos que alguien como yo podría recibir. Primero, una entrevista llena de pureza y esperanza, como ninguna otra que he hecho, de la que aprendí lo que no podría aprender en otra fuente.

Por Darío Gutiérrez O. (a.k.a. Güissario Patiño).

Sal de la marix:

El encuentro no quedó ahí, y la comunicación virtual nos permitió conocernos un poco más, compartir nuestras ñoñerías y disfrutar el darnos cuenta de varias de nuestras similitudes aún pese a la distancia y la diferencia generacional; pero mantenernos en sintonía principalmente me ha beneficiado en ser testigo de su pasión, la que desemboca en un constante crecimiento y evolución.

Teníamos pendiente vernos y lo pudimos concretar recién un año después en un viaje express a Temuco junto a Elisa que nos permitió el Festival Wallmapu Hip Hop. Ahí Alen ya tenía 12. Su ingenuidad y sencillez contrastaban radicalmente con la experiencia y dominio que consigue cuando firma las murallas como Dyno o escupe sensateces en el micro como Sonyd.

Durante los tres días pudimos compartir en distintas instancias y vale decir que en cada una sumó una nueva pieza gráfica para su prontuario. Lo primero que me presentó fue su blackbook y con él otro regalo divino, un boceto de su autoría inspirado en La Celda de Bob que guardó desde aquella entrevista.

 

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Lo siguiente fue conversar de cassettes, coleccionismo, rap nacional, cachureos de feria y anécdotas varias. Cabro sano y sabio. Nos invitó hasta su casa a compartir en la mesa con su familia. Allí conocí su espacio, una habitación llena de recovecos y detalles muy al estilo de todas las habitaciones que tuve y tengo hasta ahora, con repisas y paredes desbordando identidad y fetiches. Me sentí en mi lugar.

“Vamos a pintar” nos dice motivado, y prepara todo lo necesario. El lugar es su barrio, Las Quilas, a unas pocas cuadras de donde vivía cuando a su misma edad me mudé a Temuco y quería ser Hip Hop, aunque aún sin amigos, conocimiento ni raíces para empezar a escribir mi propia historia. Precisamente me asomaba a mirar los graffitis que se lucían en la misma calle donde nos invitó a acompañarle en una tarde de pintura. Dyno, en su esencia y forma de vivir el Hip Hop, fue el amigo que necesitaba tener en aquellos años de mi preadolescencia, pero nunca es tarde para saldar esas deudas pendientes, y gracias a su invitación pude convertir en realidad lo que tanto había anhelado en el mismo sitio un par de décadas antes.

 

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La tarde junto a Dyno es sencillamente perfecta bajo ese intenso cielo azul y sol resplandeciente entre las nubes que sólo en Temuco se dibujan de esa forma. Elisa está conmigo y eso me hace doblemente feliz. Se entretiene jugando con Pintita y a ratos ayudando al joven graffitero a rematar detalles. Con nosotros también están su hermano menor Amadi y su padre Trazo orientándole de vez en cuando en algunos trazos sin necesidad de invadir su obra. Unos metros más allá llega a pintar su madre, la Naty Rap, junto a la Camila, una cercana amiga de su familia quien 20 años antes fue también mi compañera de curso. Dyno tiene todo su barrio lleno de color y su nombre escrito de distintas maneras en diversas superficies, y aún así se rebusca un nuevo espacio para seguir avanzando en su aprendizaje. Las Quilas es su blackbook y grafica la libertad de su desarrollo artístico a lo largo de los últimos años. Su presencia no pasa desapercibida. Se acercan vecinas y vecinos a manifestarle sus opiniones, algunas más positivas que otras, y éste mantiene siempre su estado humilde y respetuoso, pero seguro de sí, claro que sin ninguna gota de soberbia, que bien podría tenerla.

“Sin humildad no hay respeto”:

La Naty y el Trazo han hecho un buen trabajo en la crianza de sus dos hijos. La pobreza valórica del mundo exterior no ha corrompido el universo interno de cada uno. Disfruto observar la inmensidad de la individualidad de Amadi y Alen. De vuelta en su casa los cabros me muestran unas viejas revistas de graffiti local. Reconozco algunas piezas de las calles del Temuco de hace dos décadas. Una incluso la tenía fotografiada y pegada en mi pieza. Me entero de que el autor era el mismo Trazo. Le correspondo el respeto que me guardé por años y que reviví gracias a esas mágicas memorias. Entiendo que los ciclos son siempre perfectos.

Se hace de noche y con Elisa debemos prepararnos para volver a Santiago. Dyno me obsequia una de sus míticas máscaras, y yo atino simplemente a quitarme y pasarle el poleron rojo de La Celda de Bob que me ha acompañado en la última década. No quisiera dejar de tener 12 años, quiero seguir redescubriendo el mundo desde esa mirada nítida, pero hoy con más convicción que ilusión. Pienso entonces que el recorrido ha valido la pena.

Entre todos esos chiches o experiencias que me obsequió Dyno, creo que el regalo más valioso es ver en su persona una amistad auténtica, sin los vicios y caprichos del ego que vamos cultivando conforme nos hacemos mayores y sentimos que somos algo o alguien. Su esencia convierte a su entorno en las frecuencias en las que éste puramente se mantiene, le da sentido a la mentalidad transformadora con la que muchas veces definimos al Hip Hop cuando en la consecuencia muchas veces actuamos del mismo modo que renegamos. “Sin humildad no hay respeto” sentencia una de las tantas obras que se exhiben en las paredes de su habitación, y la brisa fresca que aporta Dyno al Hip Hop no está solamente en sus habilidades, que ya son de alto nivel, sino en la forma en que le ha tocado descubrirlo y hacerlo suyo, manteniéndolo, como lo hace en su barrio y los ríos aledaños, comprometidamente limpio y lleno de vida. Ayer el Dyno cumplió 13 años. Felicitaciones, amigo. Agradezco tu amistad y espero seguir creciendo viéndote crecer.

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